Crónica del Sábado Santo 2023: Nuestro eterno réquiem para el Santo Entierro de Cañada Rosal


     Decía el escritor argentino Jorge Luis Borges: "La muerte es una vida vivida, la vida es una muerte que viene". Que la muerte es parte inherente de la vida es una verdad de sobra conocida por el ser humano, la cuestión es cómo afrontamos ambas, como dice la cita de Borges, vivir esa vida para que la muerte no nos coja con los deberes sin hacer, sin besos y abrazos a deber, sin ningún momento del que aprender y disfrutar... de modo que esa muerte no sea solo un fin sino que sea un buen fin... o el principio de una eternidad.
    En nuestra Semana Santa, como en esa vida en una semana de la que venimos hablando, la muerte también tiene su presencia, pero aquí no como un punto y final sino como un paréntesis, como la muerte de Cristo, que hoy yace en el sepulcro, que solo será una espera de 3 días hasta la Resurrección, hasta la eternidad.

      Y para nuestra Agrupación, una eternidad es la que nos lleva vinculando, prácticamente desde nuestros orígenes, a nuestra Hermandad del Santo Entierro de Cañada Rosal a cuya localidad nos trasladamos, una primavera más, en esta jornada de Sábado Santo. Jornada de duelo y de silencio, tarde en la que, tras tantas tardes y noches de ensueño, comenzamos a sentir que verdaderamente el final está cerca, que otra Semana Santa más se nos acaba y, tal y como vino, se nos marcha.

     Otra cálida tarde más, cuando se aproximan las 7, en que nuestra banda forma ante la peña de siempre, con los sentimientos de siempre pero con un año más. Arranca este penúltimo breve pasacalles que nos lleva ante las puertas de la Parroquia de Santa Ana y San Joaquín a la espera de que nuestros sones sean ese eterno réquiem que siempre ha venido acompañando ese Santo Entierro de Cristo. Blanco y negro para las túnicas de los nazarenos que acompañan la procesión, contrastes como los propios del día en el que la luz de una tarde primaveral baña la más terrible de las oscuridades, la de la estampa del Hijo inerte en la urna, la contradicción del silencio que inspira el momento y el sonido de nuestra música que lo acompaña. Y ante dicha imagen, nuestra Agrupación reza, tras el Himno, pidiendo perdón: Perdona a tu pueblo, Señor, y a tu banda. Perdónanos por nuestras faltas, por las veces que no hayamos sabido ser buenos hermanos y compañeros, por las veces que hemos pensado rendirnos y dejarlo todo, por las veces que nuestras cuitas personales se hayan entrometido en nuestra música...
     Avanza así el Señor por las calles carrosaleñas y nuestra Agrupación espera para poner el Himno a la salida de su Madre, aquella que el Viernes Santo lo sostenía en su regazo y que hoy, en soledad, llora bajo palio su Séptimo Dolor. Y para ella, y para continuar tras el paso del Yacente, interpretamos una Oración musical en forma de marcha del maestro Mena Hervás.

     Tras recorrer la calle Soldado Juan Piña con ¡A la Gloria! el paso de la urna revira a la Avenida de La Luisiana con Reo de Muerte, sonando, posteriormente, Ave María en la amplitud de dicha vía, que se abandona marcando una transición ahora a sones más clásicos con Penas de San Roque con los que se entra a la calle Arrecife. En este tramo continúan las marchas clásicas, interpretando nuestra banda marchas como Jesús Despojado, Cinco Llagas o Los niños hebreos.

     Continúa este cortejo retomando su habitual recorrido (que se vio recortado el pasado año) al completo, regresando a la calle Hermano Pablo a la que los portadores giran al compás de la marcha Entregado a su pueblo, tras la que suena una saeta, la inmortal La saeta, que nuestra banda interpreta antes de abandonar dicha calle.

     Toma la procesión, todavía con el sol presente aunque con esa luz anaranjada de atardecida, la última calle de su recorrido, la calle Cristóbal Colón. Se vislumbra el final de nuestro Sábado Santo con la Aurora de la Resurrección al fondo, marcha ésta que suena en esta última revirá. Sones litúrgicos de los cantos Cerca de Ti, Señor y Christus Vincit marcan los siguientes metros, cuando el día comienza a despedirse con el final de esta calle con la marcha Nazareno de la Trinidad.

     La noche se hace más presente bañando de penumbra la Plaza de Santa Ana a la que Cristo Yacente accede con los sobrios acordes de la marcha Nazareno del Cielo. Suenan campanas de duelo en esta composición que tan bien casa con esta jornada y esta procesión mientras los portadores llevan a su Señor al corazón de su pueblo. Su Señor que es también Nuestro Señor, como la marcha que suena en ese eterno ritual que cada Sábado Santo se repite cuando los portadores del Cristo Yacente lo llevan de rodillas desde el centro de la Plaza hasta su templo y siempre a los sones de su banda, nuestra banda, que culmina su acompañamiento a este Santo Entierro como lo empezó, con un canto, en este caso el ¡Oh, pecador! pidiendo perdón al Señor con nuestra música, siendo las 9 de la ya noche cuando, a los sones del Himno Nacional, la urna que porta el cuerpo yacente del Hijo se pierde en el interior de la Iglesia.

     Quedaba un último momento para concluir nuestro Sábado Santo, el momento de Ella, de la Santísima Virgen de los Dolores de la Hermandad homónima que, como cada año, quiso acompañar al Hijo en su camino al Sepulcro. Y, como ha venido siendo tradición en todo este tiempo acompañando el Sábado Santo carrosaleño, nuestra Agrupación forma ahora tras el palio de la Madre para intentar aliviar su dolor con música. Así sonaron la marcha Alma de Dios para el tramo final de la calle Cristóbal Colón, revirando en la plaza a los sones de Virgen de la Paz para concluir definitivamente esta procesión con el Himno Nacional a la entrada del palio en la Iglesia de Santa Ana y San Joaquín.

     Con las puertas de este templo se cerraba así otro breve aunque siempre eterno Sábado Santo, siempre soñando con la esperanza, la esperanza en que esa muerte no será el final y la esperanza en volver otra vez más, el próximo año, a acompañar al Cristo Yacente y su Madre Dolorosa por las calles de Cañada Rosal.

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