Carta abierta a un hogar

     Completando la nueva sección dedicada a nuestra sede social les ofrecemos en esta entrada este texto realizado por nuestro compañero José Luis Asencio Cazorla dedicado al emblemático edificio que nos acoge y al trabajo en él realizado y que formó parte del discurso inaugural de la sede el pasado sábado 23 de noviembre.
     Esperamos que les guste:

Carta abierta a un hogar:

     Si los muros del viejo edificio en que hoy nos encontramos hablaran… 
     La vieja Harinera palmeña es parte de la historia de la ciudad como lo son todos y cada uno de sus edificios. Su torre, aun airosa, se eleva sobre el cielo palmeño habiendo visto pasar más de medio siglo. Por ella habrán pasado muchos trabajadores, obreros, que su día a día estaba en esta fábrica de las muchas que se planificaron en la posguerra para relanzar la industria de muchas localidades. 
     Yo mismo guardo gratos recuerdos cuando en mi tierna infancia, de la mano de mi madre, asistía a la EGB al cercano Colegio San Sebastián, recuerdos de aquellos paseos mañaneros de mis 7 primaveras cuando pasaba a su lado camino del colegio, de aquellos mediodías cuando deseabas llegar a casa, cuando todavía desconoces que la vida acabará aprisionando tu espalda y revolviéndose en cientos de destinos distintos, de aquellas vueltas cuando aun habiendo pasado tantos años, de las puertas de esta enorme cochera salía la estridencia sonora de la maquinaria, el traqueteo de la industria, el olor a trigo en los últimos coletazos de su vida útil en aquellos días en los que todavía salían camiones de este vientre.
     Un día ese sonido se apagó y con él la vida en este lugar. Llegó ese día de su cierre, el olor a humedad y al trigo rancio y apulgarado residuo de aquellos días desprendido desde las profundidades, el óxido atacando estas ventanas, el verdín manchando estos muros y ocultando el rojizo tono de aquellos ladrillos que eran el único adorno a sus desnudas paredes. La condena a la ruina de un edificio que tras dar su vida útil ya parecía no servir.
     Pero si sus sonidos se apagaron, no así los de la música cofrade palmeña que, casi paralela a este edificio, también supera el medio siglo de vida. Y quiso Dios que un día los destinos de ambas quedaran enlazados y la música devolviera la vida a estas paredes. Y así en 2006, cuando de las ascuas vivas de esa música nació la llama de la por entonces Agrupación Musical Santo Sepulcro, hoy Nuestro Padre Jesús de la Vera + Cruz, nuestra vida quedó ligada a las de este lugar.
     Los que como yo se han criado como músicos cofrades sabemos lo sufrido de este mundo: hemos pasado ensayos a la intemperie y sin lugares donde cobijarnos, donde el frío en un parque o descampado quitan a veces las ganas de continuar,… Tener un techo donde resguardarnos era un logro y algo que sin embargo debía ser beneficioso para nuestra actividad. Sin embargo no todo ha sido fácil, porque hay momentos en los que cuatro paredes todavía no hacen un hogar. El estado del edificio no era el idóneo para la música, no solo en la técnica y la acústica, sino también en las condiciones, con el frío calándose en el invierno por las rendijas de su enorme puerta, la humedad de los días de lluvia colándose por las grietas de sus envejecidos muros, el calor abrasador del verano que sin sistemas de ventilación hacían de este lugar un horno…
Aun así, nunca hemos querido salir de aquí. Este lugar, por su situación, su cercanía al núcleo urbano, y además por su cercanía al Barrio y Parroquia de San Francisco con el que tan identificados estamos que lo franciscano lo llevamos hasta por escudo y nombre, era el perfecto y no solo eso, es que aquí es donde hemos pasado gran parte de nuestras vidas ensayando y compartiendo con tantos compañeros, aquí muchos hemos crecido musicalmente, otros incluso se iniciaron aquí. En estas paredes hemos vivido momentos buenos y otros no tan buenos. Hemos compartido la alegría de ver nuestra familia aumentarse con los que esperamos en un futuro sean componentes de esta banda, pero también aquí nos hemos unido en la tristeza de perder a algún compañero, y no tengo más que evocar aquí a la memoria de nuestro querido compañero Miguel al que tanto echamos de menos y que junto a otros ya forma parte de esa banda de músicos de Dios en el Cielo.
     Nuestros recuerdos están aquí, entre estas paredes, así que algo había que hacer. Y ya llegó ese momento, tocaba remangarse, moverse, hablar, buscar apoyos y sobre todo trabajar. Y así ha sido como en apenas unos meses, gracias al trabajo de una serie de compañeros, hemos logrado que por fin estas 4 paredes sí puedan ser un hogar, que por fin una banda cofrade palmeña tenga un lugar que pueda ser llamado sede en la que todos nuestros músicos puedan convivir gratamente y pasar sus ratos libres en buena compañía.
     Y es un trabajo no solo llevado a cabo por nuestro propio bien y el de nuestros compañeros actuales y futuros, sino también un trabajo que sentimos que puede servir para los palmeños y futuras generaciones, pues lo aquí realizado y lo que aquí se inaugura hoy supone devolver la vida a parte de un edificio que forma parte de la historia y el patrimonio industrial de nuestra localidad y un gran ejemplo de cómo se pueden rehabilitar y dotar de vida a viejos edificios de nuestro patrimonio y darles una nueva oportunidad, una nueva vida para un nuevo uso cultural y de ocio, signo inequívoco de que es la cultura el alma de una ciudad y que las bandas cofrades como tal somos parte muy importante de la cultura de nuestra localidad.
     Sirva nuestro caso de ejemplo y no dejemos nunca de luchar por nuestras tradiciones y nuestra cultura. Al fin y al cabo, como dice una anónima cita “Ciudad sin cultura es simple urbanización, el producto de las empresas y no el de los ciudadanos” porque esa cultura, esas tradiciones, nuestra historia es lo que en identidad nos define, lo que aun en la igualdad nos hace singulares y nos enriquece a los habitantes de una ciudad, una ciudad en este caso Palma del Río con una historia de siglos y su propia cultura, forjada al paso de los siglos, creada a la luz de tantos y tantos palmeños que antes de nosotros erigieron el edificio de las costumbres, usos, tradiciones, fiestas,… en definitiva dotaron de alma a algo sin lo cual solo sería un inanimado conjunto de edificios y habitantes. 
     Algo tan importante que merece el apoyo y la implicación de todas las instituciones, empresas y ciudadanos como hoy demuestra el trabajo que viene realizando nuestra Asociación.
     Vaya nuestro aplauso por ellos.

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